19 COVID y 500 noches

Actualizado: mar 16

Si la vida es aquello que sucede y de lo que no nos damos cuenta mientras hacemos cosas para entretenernos, para no enfrentarnos a la maravillosa posibilidad de la presencia, de VIVIR la existencia que nos ha regalado la providencia, así, “por la cara”, este virus es la forma en la que esa vida nos dice que prestemos atención. Oportunidad, esta, sin precedentes, para los que hemos nacido entre mediados del SXX de nuestra era y principios del XXI, para descubrir que la vida no es producir, correr, anular nuestra intuición, someterse al ruido constante, comunicarse apuntando al suelo a través de una pantalla táctil y dejarse llevar por el insatisfactorio cumplimiento de un deseo tras otro con el fin de alimentar los centros del placer de nuestro cerebro; oportunidad, evidente, para hacer todo aquello de lo que nos quejamos cada día por no poder hacer: ¿Por qué no te nutres mejor? Es que no tengo tiempo para cocinar. ¿Por qué no cuidas tu salud? Es que no tengo tiempo para hacer ejercicio. ¿Por qué no vuelves a retomar ese idioma colgado, ese hobby, esa habilidad que tanto te llena y que escondiste en el armario? Es que tengo miedo a dejar de hacer cosas que puedan servir de excusa para justificar que no invierto mi tiempo en mí, en lo que realmente amo; si hablamos de relaciones entre nosotros, entre la familia, por encima de todo, ¿por qué no empleamos espacio y tiempo amoroso con nuestros seres queridos? Es que todos tenemos mucho que hacer para conseguir cumplir objetivos de no sé quién para alcanzar no sé qué cosa: enciende la tele, dale el iPad o atiende al smartphone.  La oportunidad de dedicar el tiempo a todo lo anterior ha aparecido de repente, por obligación (tiene cojones), ya que “si no paráis vosotros”, que diría el virus, “ya me encargo yo de hacerlo”. Y zas, ahí lo tienes: en casa sin moverte. Castigado…¿Castigado? ¿Veinticuatro horas al día, quince días mínimo, sin ninguna obligación que cumplir, con el suministro de productos de necesidades básicas cubierto por un estado que te protege gestionando los comercios para que todo el mundo tenga lo que necesite a unos pasos de su casa, y todos los medios que nos podamos imaginar para acceder a cualquier tipo de necesidad, apetencia o entretenimiento? Menudo castigo… Pero voy más allá: ¿veinticuatro horas al día para poder estar con los tuyos, sin elementos externos que impidan el contacto, la conversación, la compañía, la soledad, el espacio propio, el espacio común o la diversión en familia? Cualquiera diría que este virus ha venido a ayudarnos. La “preocupación” por saber en qué emplear el tiempo libre me llama poderosamente la atención. Me parece uno de los actores secundarios de la película, pero dice muchas cosas del modelo de vida que hemos creado. Consejos en medios de comunicación y redes sociales acerca de películas, series o actividades que hacer con la familia para que no nos aburramos oculta, otra vez, la raíz del problema: no sabemos estar con nosotros mismos, cuando estamos solos; pero no sabemos estar con la gente a la que amamos, cuando estamos acompañados. Para qué voy a quedarme solo, tranquilo, en silencio, pudiendo contaminar mi mente de ruido y memes; para qué sentarme alrededor del “fuego” con los míos a charlar, cantar y bailar pudiendo encender la tele e hipnotizarme con una serie, película o, lo que es peor, con los medios de desinformación generales. Yo lo tengo muy claro: se hace para no asumir la responsabilidad de vivir, la insoportable presencia de mí mismo conmigo, de una mente que me muestra mis miedos, de la pérdida absoluta de perspectiva acerca de lo que es la vida y cuáles son las cosas importantes de verdad (más, si cabe, en una sociedad occidental tan afortunada como la nuestra donde las necesidades básicas están más que cubiertas. Hablo desde mi experiencia, por favor. Es solo mi opinión condicionada). El ocio embadurna el amor tapándolo para que no tengamos que responsabilizarnos de dárnoslo, primero, a nosotros mismos, y así tener para poder repartir luego a los demás. Pero no es el ocio, exclusivamente, el que tapa lo importante en este proceso universal que no acabamos de creer que nos esté pasando. El modelo económico que nos sostiene, tan insostenible a la vez, tan paradójico, que necesita de una recesión, de un parón obligado, para ayudar a mejorar la contaminación y la salud ambiental, nos da una pista sobre que, a lo mejor, tenemos que plantearnos otra manera de producir, otra manera de comprar, otra manera de comer, otra manera de vivir. Salir de esta crisis como si hubiera sido un tropezón, una china en el zapato, una parada en boxes, sería no haber aprendido nada. Somos muchos en este planeta, pero hay sitio para todos. Hay comida para todos, pero hay que comer menos; hay trabajo para todos, pero sería mejor trabajar menos y que todos tuvieran trabajo (si es que quisieran trabajar); y sería mucho mejor relacionarnos en nuestro entorno, con mercados cercanos, con la globalización de la información pero la convivencia comunitaria. Me meto en un farragoso terreno al criticar el consumo, los desequilibrios territoriales o el turismo de Instagram, más agresivo para el ecosistema de los países que los ejércitos en las guerras. Dejo la idea para la reflexión en busca de una manera de cambiar el capitalismo por un modelo diferente, consciente de la complejidad de revertir un camino de no retorno donde la mayoría perderíamos comodidades y unos bienes (monetarios y materiales) que, a decir verdad, tienen valor en este modelo pero que, con otras formas de vida, no tendrían sentido. La utopía es necesaria porque pese a que nunca se alcanza, por eso es utopía, buscando alcanzarla, se avanza. Empiezo por lo que está en mi mano. Cambiar la forma de entender la vida supone apagar la tele y encender el cerebro; supone darle importancia al cuerpo y comer menos (y mejor), además de no intoxicarlo con drogas; supone contribuir al cuidado de las personas que están a nuestro lado (nosotros mismos primero, con nuestra paz y estabilidad) antes que intentar atender a las que están lejos (“papa en el asilo y un refugiado en casa”); supone experimentar la soledad, en silencio, y la compañía desde el acompañamiento del otro y la escucha consciente. Y el silencio también, por qué no; supone un cambio individual, personal, y que no corresponde descargar ni en los políticos, ni en la sociedad, ni en el capitalismo, ni en ningún concepto general, como cada uno de estos, que no dice nada concreto y que permite pasar de puntillas por donde realmente es importante pasar: la responsabilidad personal. Si todos asumimos la nuestra, el cambio se produce; si queremos hacer que los otros hagan lo que nosotros no hacemos, malo; pero si dejamos de hacer lo que está en nuestra mano porque, igualmente, los demás no van a hacerlo, peor. La realidad, como te he contado muchas veces hablando de fútbol y de la vida, no existe. Por mucho que el entorno cambie y condicione, que lo hace, en nuestro interior nadie tiene la posibilidad de entrar y manipular. Lo que hay en nuestra mente, en nuestro cuerpo, en nuestra alma, en nuestros pensamientos, lo que ofrecemos a los demás, es nuestro y nadie lo podrá nunca cercenar. Si “El hombre en busca de sentido” pudo refugiarse en él durante el tiempo en el que estuvo confinado en un campo de concentración, no tenemos ninguna excusa para renunciar a nuestra libertad interna en este contexto que nos ha tocado vivir a todos, una sociedad del bienestar, un estado de derecho en un periodo de paz, sin guerras; la realidad que vivas será la que tú crees (del verbo crear, aunque lo que crees, de creer, se hace efectivo, no tengo dudas), y depende de ti, nada más, que vivas como quieras vivir, dentro de ti, por supuesto. El exterior, lo que sucede alrededor, no es controlable. Date cuenta. En España, donde tan seguros nos creemos, de repente aparece un virus que satura el sistema sanitario de afectados, nos obliga a encerrarnos en casa y nos despoja de la seguridad del sueldo a fin de mes y de los bienes materiales que poseemos. ¿Cómo controlar eso? No hay manera. Acojona, sí. Por supuesto. El miedo es humano, necesario además. Pero tenemos un antídoto que es el amor. Sin embargo, no sé si lo has sentido, el amor no funciona contra el miedo si no se confía en la vida, si no se acepta la realidad, si no se permite a la intuición ser escuchada, al inconsciente que trabaje a su ritmo para encontrar las respuestas. El virus que nos tiene encerrados en casa por decreto es un regalo de la vida. Poder descansar ocho horas al día para que tu cuerpo tenga la energía necesaria sin la dictadura del despertador es maravilloso; tener una hora al día para emplearla en hacer ejercicio del tipo que sea es una delicia; poder cocinar lento alimentos de verdad, materias primas, es un premio; tener la oportunidad de ayunar para dejar que nuestro cuerpo resetee nuestro organismo y nos desintoxique no tiene precio; poder dedicar horas sin límite a la lectura de temas que nos atraen, visionado de charlas, ponencias o vídeos de personas que nos impulsan, y a tareas que nos permiten fluir, como tocar un instrumento, pintar, escribir, arreglar cosas con nuestras manos, aprender un idioma o cantar y bailar, es como para dar gracias a la vida. Solo, como yo, si es que estás solo. Pero si además puedes compartir ese tiempo con las personas a las que, cada día, por esta puta locura de existencia, te cruzas por el pasillo camino de la cocina, solo ves a la hora de la cena con la tele a todo volumen, o te encuentras antes de acostarte, de la que te despides al despertarte (por no hablar de esos renacuajos preciosos con los que se nos cae la baba al verlos cuando son bebés pero que empiezan a perturbar nuestra comodidad cuando crecen y que pasan el día entre el colegio, extra escolares, comedores y transporte publico, a los que pensamos que debemos entretener, cuando ellos se entretienen solos con un palo, pero que solo necesitan ser escuchados cuando lo demandan y que se les permita ser ellos mismos sin juicio), es ya la hostia. Este es el primer post en más de un año que no habla de fútbol, pero tiene sentido. De repente, el fútbol ha desaparecido. Igual que no existía hasta finales del SXIX, es ahora inexistente excepto en las mentes, los recuerdos, las imágenes de archivo o los videojuegos y confinada, su práctica, a los patios o jardines particulares de cada casa, el que los tenga, o a los pasillos o habitaciones donde niños, como yo lo hacía, juegan a imaginarse partidos en estadios de de cien mil espectadores; por ahora, es solo eso, y aunque todos damos por hecho que la vida continuará igual que antes, cuando pase todo esto, nadie puede asegurar que sea así. Plantear este maléfico escenario que acabaría con mi trabajo y pasión es solo otra manera de incitarme a darme cuenta de que todo es mentira, de que la realidad no existe y de que, como mencionaba anteriormente, lo único que poseo es la libertad de mi interior y la compañía de mí mismo. Pero no te asustes, compañero. Para dar sensación de normalidad y no alarmar a nadie, esta semana compartiré en las redes rutinas saludables y bibliografía interesante, con títulos sobre fútbol, psicología, neurociencia, filosofía y espiritualidad, para estos días de disfrute de mí mismo en mi domicilio, que seguro que te inspirarán para implementar a las tu día a día, ahora en cuarentena y siempre. Yo, te lo digo de antemano, estoy seguro de que cruzaré de nuevo la puerta de mi casa, cuando todo esto termine, para salir a la calle y volver a encontrarme con los míos y el mundo, con mejor salud, más fuerte, con mucho más conocimiento, con más conciencia de mi ignorancia y tanto o más amor que ahora: the time is now. A ver quién se apunta. Mucha Vida. Mucho Amor. Mucho Fútbol

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