La inacción

Como lo prometido es deuda, me meto de lleno esta semana en pagar la factura aplazada…Mi amigo Manu Jiménez compartió públicamente hace unos días un artículo publicado en International Journal of Environmental Research and Public Health. En aras de acercarme al deporte desde diversos puntos de vista, estos trabajos científicos pueden dar un contrapunto a los siempre reflexivos post, a veces más metafísicos que físicos, que trato de hacerte llegar cada semana. Lo que se presenta como denominador común, eso sí, es la presencia del fútbol y del cuestionamiento de mi día a día en este marco profesional.


Concluía Manu del estudio de Challenging the Top Player: A Preliminary Study on Testosterone Response to An Official Chess Tournament (Retando al jugador de máximo nivel: un estudio preliminar sobre la respuesta a la testosterona en un torneo oficial de ajedrez), publicado en la revista mencionada en el párrafo anterior (puedes encontrarlo aquí: www.mdpi.com/journal/ijerph), que altos niveles de testosterona estaban asociados a comportamientos de búsqueda de estatus en situaciones competitivas. Según los investigadores, faltan estudios acerca de las situaciones hormonales precompetitivas, quizás, pero, en ese sentido, y hablando en cristiano, este grupo de científicos intentaba analizar si había diferencias entre los participantes en un torneo de ajedrez en sus niveles de testosterona y cortisol en función del nivel competitivo del rival, de su ránking (algo que en este deporte está bien definido); y comprobaban que, tras cinco rondas, los sujetos de estudio mostraban una mayor concentración precompetición de testosterona antes de enfrentarse a los mejores rivales, a los mejor clasificados. En el cortisol no se apreciaba ninguna modificación significativa. De ahí las conclusiones acerca de cómo se modifican los niveles de testosterona cuando tienes que enfrentarte a un rival que sabes (o que imaginas por experiencias previas o de los demás) que va a ser duro. Si recuerdas cuando ya hablamos de estas hormonas con anterioridad, la relación entre testosterona y cortisol puede darnos una referencia a la hora de saber en qué condiciones estamos para dar un alto rendimiento en base a nuestro potencial. Niveles altos de testosterona con niveles de cortisol bajos (que no me maten los científicos por el reduccionismo de la afirmación, no es tan simple, lo sé) nos predisponen a mayor capacidad física y mental para responder a las exigencias, por ejemplo, de nuestro deporte. Parece lógico y de sentido común (quién no lo ha comprobado en su piel) que la mayoría de los mortales (excluyo a los “animales competitivos” que siempre dan su 100% y que por algo rozan las cotas más altas del éxito deportivo) nos veamos influidos por el rival al que nos enfrentamos. Esto, que era un estudio en ajedrez, no se me antoja lejos de lo que yo he experimentado en el fútbol desde que tengo conciencia de lo que hago.


Dejando a un lado el estudio científico (a tu disposición está el enlace al mismo), voy a servirme de este para encarar una reflexión acerca de algo que los entrenadores siempre hemos tenido como objetivo, como nuestro “Dorado” particular. Me viene al pelo para hablar de cómo preparar a nuestros jugadores para que compitan a un nivel de rendimiento alto siempre, sea quien sea el rival al que se enfrenten. ¿O es que te resultan poco familiares los resultados positivos de equipos de mitad de tabla para abajo, por ejemplo, con rivales de Champions, frente a los malos resultados con los equipos de su “liga”, aquellos que luchan por sus mismo objetivos?¿Cómo es posible ganar al Real Madrid o al FC Barcelona y perder, a la semana siguiente, en casa, con un equipo que no ha ganado en toda la temporada fuera de su estadio? Típico del fútbol, amigo. Y, para mí, apostando por el sentido común, típico también del ser humano porque debe haber algo que, como este estudio empieza a barruntar, debe estar relacionado con nuestra preparación ante la demanda de un esfuerzo en ciernes. De todas maneras, mi reflexión no va a ir por subirme al carro de esta, intuyo, obviedad. Esto pasa y ya está. Ni siquiera voy a meterme en por qué pasa. Se lo dejo a los científicos (dale, Manu). Pero, como esto pasa, y tenemos que vivir con ello, en lo que sí voy a meterme es en ver cómo nos aprovechamos de ello para rendir a tope (y para pasárnoslo mejor, ¡coñe!, que de eso se trata).


La inacción es un concepto oriental al que accedí hace algunos años en mis primeras incursiones en el taoísmo, budismo e hinduismo. No quiero equivocarme hablando de su origen, lo que siento es que todas esas filosofías y espiritualidades transmitían una idea que, con mis propias palabras, percibo como la de dejar que las cosas sigan su curso con la única intervención de la toma de conciencia de lo que está pasando y, tomando la responsabilidad de ese conocimiento, decidir si se actúa sobre el foco del asunto de manera directa (personas, decisiones, etc.) o se permite que las cosas sigan por los derroteros que llevaban, prestando atención a su desarrollo por si hay que volver a intervenir de otra manera. Los entrenadores, en nuestra tarea, estamos en constante presencia ante un entorno complejo de máxima incertidumbre donde las tomas de decisiones acerca de mil y una causas son constantes. No siempre tenemos que participar directamente en ellas, desde luego; no siempre tenemos que ser los que determinen los diferentes niveles de actuación de los que tenemos a nuestro cargo. En competición, ante partidos con rivales top, por ejemplo, podemos valorar el tema en cuestión para darnos cuenta de que los jugadores, per se, ya están en condiciones de competir sin que nosotros hagamos nada. Esa toma de conciencia y decisión de “no hacer nada” es ya en sí una acción; la acción de dejar que las cosas sigan su curso sin intervenir, es decir, la inacción.


La dificultad de conseguir que los jugadores den sus máximos cada día, en el contexto que sea (la verdadera búsqueda) pasa, entre otras cosas, por entender nuestra química. Esa química, por lo que sea, nos prepara sin hacer nada para eventos de máxima competencia. Es una cuestión de supervivencia. Si hablamos de deportistas, cuando hemos hecho que ellos lleven una preparación óptima durante toda la temporada, the extra mile puede venir dada, en un partido concreto, como vemos aquí, simplemente por enfrentarse a un rival superior. No hay que preocuparse por ello más de lo habitual; sin embargo, también hay que saber que ante rivales inferiores, o con menos trascendencia mediática o emocional, a que the extra mile aparezca sí que puedes ayudar tú.


Entender esta idea puede resultar muy útil a los entrenadores. Manejar desde esa filosofía su ámbito y nivel de intervención puede marcar diferencias. Como de costumbre, demasiado extensa la idea para cinco minutos de lectura, pero suficiente la píldora para estimular la inquietud por ella en ti. Dejaré solo dos apuntes: el primero, en fútbol base, el de que después de una semana de entrenamientos en donde has generado contextos de práctica significativa para tus chicos, toca disfrutar de la fiesta de la competición. Momento, este, para que ellos pongan sobre la mesa las pequeñas evoluciones semanales y tú te diviertas con su crecimiento y su desarrollo. Siéntate en el banquillo y relájate, más que nunca les toca a ellos; tu acción se circunscribe a repartir minutos y dar feedback útil, ayudar si se te pide, contener esa ansia de que las cosas sean como tú quieres, y cambiarlo por observar sin expectativas y descifrar lo que pasa para serle útil al pupilo; y el segundo, en alto rendimiento, el de que entender la diferencia entre cuándo el equipo necesita que des un paso al frente y cuándo necesita sentirse libre para explayarse en su autonomía es determinante. Las intervenciones desde la solicitud del jugador son más productivas que si son motu proprio desde la creencia del entrenador. Nuestro miedo a que las cosas no salgan como pensamos impide permitir al jugador ser, y eso se desaprende; se desaprende con experiencias futbolísticas, por supuesto, pero se aprende en el día a día (y fuera del fútbol). Hoy, ahora mismo, es un buen momento para empezar a practicar la inacción.

A ese jugador de ajedrez no le hizo falta un extra de motivación para enfrentarse al top one; a ningún jugador le hace falta un estímulo extra para jugar la final, pisar el Bernabéu o enfrentarse a Messi. Quizás todos lo sepamos desde siempre pero perdimos la perspectiva el día que nos dieron el carnet de entrenador. Pensamos que teníamos que hacer cosas y, en ese tener que hacer, perdimos la posibilidad de ser una ayuda en lugar de un lastre para los jugadores. Pese a nosotros, muchas veces, el fútbol, afortunadamente, sigue. Dejemos de intervenir para hacer explícita nuestra ficticia y fútil importancia, y adquiramos importancia real, como entrenadores (como facilitadores), siendo determinantes cuando sea realmente necesario intervenir. De la manera que sea.


Que pases una feliz semana.


Mucha Vida. Mucho Amor. Mucho Fútbol

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