La Copa de Europa particular

Llega la fecha en la que, teóricamente, cada año deberían acabar las competiciones. La ausencia de partidos a nivel internacional, aunque van reanudándose entrenos en las grandes ligas (y los encuentros, sin público, eso sí, en la Bundesliga) hace que esta semana se saquen a relucir, en medios de comunicación y redes sociales, a colación de aniversarios de todo tipo, los hitos de distintos clubes en distintas competiciones en las que antaño lograron éxitos inolvidables para sus aficiones y ciudades. Esperando la reanudación del campeonato nacional en La Liga, los aficionados vuelven a rememorar éxitos pretéritos de sus equipos, a falta de información fresca en una época preveraniega clásica como esta que, en cualquier otro año, hubiera estado caracterizada por la gorra, el "transistor" y los horarios unificados (qué antiguo soy, eso ya solo se hace en las dos últimas jornadas... ¡Y anda que lo de los transistores! Disculpa la licencia, me caía botando y dentro del área) . No sé si es cosa de la ausencia de noticias o de la nostalgia de otros tiempos. El caso es que tanta efeméride me evoca sensaciones que, afortunadamente, después de catorce años jugando al fútbol y dieciocho ya como entrenador, yo también he vivido. En esta semana, concretamente, las Champions de los equipos españoles, así como las Ligas y las Copas del Rey de muchos otros campeones nacionales, erizan el vello de seguidores del club y del propio fútbol, pues todos soñamos con alcanzar gestas o sentimos de nuevo lo que es alcanzarlas al ver las emociones de otros; emociones que nuestro cerebro interpreta como propias al equiparar la felicidad rebosante del prójimo (dichosas neuronas espejo) con la que, aquel día, en aquel ascenso, en aquel título, en aquella victoria, nosotros mismos sentimos; aquella con la que vimos recompensadas tantas horas de dedicación a nuestra pasión. ¿Cuál te viene a ti a la cabeza?


Hoy me desayunaba con una foto en el vestuario del Camp Nou del 23 de mayo de 2015. Mi primer éxito como profesional, sin duda. Un exjugador de aquel equipo compartía conmigo las sensaciones que, actualmente, le provoca aquella machada de empatar a dos al Barça y mantener al Dépor en Primera; también las sensaciones actuales de lo que entonces sentía. Nunca más sabremos lo que sentimos realmente pues el tiempo carga de experiencias y emociones de ahora algo que ya solo existe en la imaginación (¡y en la de ahora!), pero a mí me transmite mucha alegría. Y mira que yo no he ganado la Copa de Europa, pero no creo que haya muchas diferencias, en lo que a química se refiere, entre lo que se segrega al ganarla y lo que mi cuerpo segregaba aquella noche en Barcelona. Me sentía el rey del mundo.


Hace menos de un año estaba celebrando el no conseguir un ascenso (vaya paradoja), pero es que hace nueve estaba empapado en el vestuario del Nájera llorando de alegría por lograr, por fin, subir a Segunda B y poder vivir del fútbol (o casi, casi...), hace catorce nos hacíamos fotos en las fuentes de Alcobendas celebrando mi llegada al fútbol de categoría nacional (para mí, el profesionalismo) y, tirando para atrás, recuerdo como si fuera hoy mis campeonatos de liga como cadete, infantil, alevín y benjamín. Prueba a preguntarme detalles, alineaciones... Y como aficionado, habiendo crecido en una época en la que los equipos españoles no llegaban a cuajar en competiciones europeas y el equipo nacional se quedaba en cuartos de los grandes torneos, imagínate lo que significó para mí (y para todos los de nuestra generación y los que venían delante, que aún habían vivido menos victorias) el final de los años noventa y lo que sucedió después.


Es curioso. Cada uno ha ganado, sin ganarla, su Copa de Europa particular. Hasta el que ha ganado la Champions más de una vez (y más de dos) tiene en su piel la verdad y el dolor de experiencias que el fútbol y la vida le han grabado a fuego, recibiendo una recompensa por una inversión temporal, económica, material o humana, o dejando un aprendizaje, normalmente con dolor, que le ha hecho más fuerte, que le ha marcado para siempre.


Todos tenemos una Copa de Europa que ganar (una, como mínimo) si es que no la hemos ganado aún. La competitividad mal entendida, de la que tanto hablo, solo genera frustración a unos y ataques de ego a otros. La disposición de los demás, en este caso, en el deporte, para exigirnos nuestro cien por cien, es la catapulta para nuestra mejora, para la actualización de nuestra última versión. Esa es la verdadera victoria, como diría mi amigo Pablo, pero hasta eso queda en un segundo plano cuando la palanca de nuestro movimiento no es el deporte o el fútbol, sino una contingencia de la vida (la Copa de Europa en una enfermedad, en una profesión, en un cambio, en una relación, en una pérdida...). No es una cuestión de valor, de mérito; tampoco estoy desprestigiando la victoria objetiva ni la consecución de títulos en el deporte. Por desgracia, de cada veinte, solo gana uno, pero el resto tienen muchas cosas por las que luchar. Valorar la dificultad de ser el mejor de un grupo de equipos es de ley, y más cuando los que no lo han logrado saben de esa complejidad mejor que nadie. Aprender a aceptar la posición que se ha obtenido es el primer paso para volver a competir para mejorar, pues esa es la única Copa de Europa exigible a uno mismo. Eso prestigia a todos; eso deja en paz a cada uno. Y en la vida, también.


La Copa de Europa es una referencia para cualquier aficionado europeo al fútbol, quizás por su carácter anual y su dificultad, pero podemos hablar más si cabe, en esos términos, de la Copa del Mundo. Que todos trabajemos para lograr la máxima cota alcanzable deportivamente es positivo, pues la máxima exigencia va a sacar el máximo de cada uno, y eso redundará en una mejora colectiva; esa máxima exigencia y su repercusión en nuestra evolución son el fin en sí mismo. Ganar un título, el que sea, es un extra; es la tapa cuando pides una bebida: no la habías pedido pero te la han puesto.


Disfruta de tu Copa de Europa particular (en el fútbol o en la vida), te mereces tu propio reconocimiento. Que no te importe lo que cuestione nadie. Solo tú sabes lo que significa. Siéntete feliz por ella; y si, dedicándote al fútbol en concreto, ganas una liga de base, un campeonato regional, obtienes un ascenso o mantienes la categoría, no lo dudes: celébralo como si hubieras ganado una Copa del Mundo.


Que pases una feliz semana.


Mucha Vida. Mucho Amor. Mucho Fútbol



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