Mirar hacia arriba

Caminaba el viernes pasado por la pista de atletismo del estadio de Qadsia SC, el Mohammed Al- Hamad, como cada mañana. Al volver a casa, después de entrenarme en el gimnasio del club, suelo aprovechar que la recta de los cien metros lisos desemboca en la puerta de salida del recinto que está junto a mi residencia, para pasear por el tartán, tomar el sol, y sentirme afortunado y libre bajo el azul del cielo árabe durante unos minutos. Al llegar al acceso a vestuarios, miré hacia arriba, a mi derecha, donde está la tribuna principal; luego, siguiendo la curva, fui desviando mi mirada hacia la izquierda, a la grada que rodea el campo. Y, de repente, me quedé pensativo… La memoria me había llevado sin pedirlo a estadios modestos donde jugué y que, antes de los partidos, observaba mientras reconocía el terreno de juego, con sus graderíos vacíos, esperando encontrarlos llenos al salir del vestuario. Aquellos no fueron tantos ni tan grandes como los que luego he podido vivir como entrenador. A esa memoria juguetona y cómplice no le costó un segundo retrotraerme a los entrenamientos prepartido en el Municipal del Prado, de Talavera; el Salto del Caballo, de Toledo; el Félix Capriles, de Cochabamba; el Zabeel Stadium, de Dubái; Riazor, en La Coruña; Karaiskakis, en Atenas; el Benito Villamarín, de Sevilla, o la Rosaleda malagueña. Entrenamientos en los que nuestras voces retumbaban alegres en la caja de resonancia que eran los recintos vacíos a sabiendas de que el domingo, con el campo lleno, se diluirían sin remedio entre los cánticos y el ruido de los aficionados.

Cuando miraba hacia arriba, en aquellos tiempos, sentía el privilegio de ver el antes, la calma, el silencio, con el gusanillo de que mañana estaría allí abajo, otra vez, rodeado ya de miles de personas, sintiendo la tempestad, el ruido, la adrenalina de la batalla; fantaseaba metiendo goles en las porterías donde no había podido marcar como jugador y que, ahora, me permitían sentirme futbolista por unos instantes, antes de que lo verdaderos protagonistas cogieran los mandos del juego.

De un modo parecido, aunque creo que requiere menos explicación aún, podrás hacerte una idea de lo que sentía cuando, en estadios como el Bernabéu, el Camp Nou, el Calderón, o San Mamés, por poner solo algunos ejemplos, después de salir a calentar, con más de tres cuartos de las butacas vacías, nos metíamos a vestuarios para volver a salir minutos antes del inicio del encuentro. No hace falta que te diga cómo se me ponía la piel al salir y ver, desde el banquillo, un coliseo abarrotado...

Ahora sigue sin haber gente en el entrenamiento prepartido. Pero ya no tiene gracia, porque mañana tampoco habrá nadie. Nadie que nos presione; nadie que nos anime; nadie que nos exija; nadie que nos provoque. Nadie. Absolutamente nadie. La gracia de pisar el césped de un recinto vacío y salir unas horas más tarde con el aforo completo se ha esfumado (y la de ser recibidos en los aeropuertos y estaciones de tren, y la de ser despedidos en los hoteles, y la de ser acompañados a lo estadios, y la de ser aplaudidos al acabar los encuentros, fuera el resultado que fuera…); y, con ella, gran parte de la gracia de este juego. Y yo que pensaba que el propio juego era el que tenía la gracia…

En el fútbol profesional, en el espectáculo que vemos por la televisión, en los enfrentamientos internacionales, la gracia no está solo en el juego. No es discutible que el fútbol sea de los futbolistas; y menos, porque es lo que yo siento, que a mí lo que más me guste sea jugar. No sé a ti. No me meto. Jugar con o sin público. Pero que sin aficionados, el fútbol no tiene gracia, es menos discutible aún. No se trata ni siquiera del show bussiness, de mantener un motor económico que permita disfrutar cada vez de un mayor rendimiento del jugador, de mejores competiciones, de un seguimiento más apasionante en las retransmisiones, de que el negocio pueda seguir. No. Hablo de sentimientos.

El fútbol es de los futbolistas, pero competir no tiene sentido sin los aficionados. Supongo que todos los que trabajamos para el futbolista profesional hemos percibido esto a lo largo de este año ya de pandemia. No creo que sea algo solo mío. Como aquellas cosas a las que nos habituamos y dejamos de dar importancia, hasta que carecemos de ellas, el fútbol sin aficionados nos enfrenta a las cosas realmente importantes en nuestro “negocio”. El fútbol sin aficionados es triste. El fútbol sin aficionados no tiene gracia. Espero que, cuando pase todo esto, los que estemos abajo valoremos más a los que están arriba, desde otro prisma, sabiendo que son los que dan sentido a lo que hacemos; y que, los que están arriba, nos ayuden, a los que estamos abajo, a hacerles disfrutar, unos, y nos metan presión, otros, pero desde una rivalidad sana, el respeto a los que se juegan su físico porque ellos disfruten, y los cánticos de ánimo a su equipo, si quieres ensordecedores, si quieres acojonantes, que nos hagan cagarnos de miedo en los pantalones cuando visitamos cada estadio, pero con la maravillosa virtud de hacer encogerse al rival sin utilizar un solo insulto. A ver quién acepta el reto.

Ya que tenemos que vivir esta mierda, que nos sirva de algo a todos.

Que tengas una feliz semana.

Mucha Vida. Mucho Amor. Mucho Fútbol

Looking up

Last Friday, I was walking along the athletics track at Qadsia SC's Mohammed Al-Hamad Stadium. Every morning, on my way home after training at the club's gym, I take advantage of the fact that the 100m straight line leads to the exit gate of the stadium, which is next to my residence, to stroll along the tartan, sunbathe and feel lucky and free under the blue Arabian sky for a few minutes. As I reached the entrance to the changing rooms, I looked up, to my right, where the main stand was, then to the left, to the grandstand surrounding the field, around the track. And, suddenly, I became pensive... Memory had taken me unbidden to modest stadiums where I played and which, before the matches, we would observe walking around the pitch, with their empty stands, hoping to find them full when we came out of the changing room. Those were not as many or as big as the ones I have been able to experience later as a coach. It didn't take that playful and complicit memory a second to take me back to the pre-match training sessions at the Municipal del Prado, in Talavera; the Salto del Caballo, in Toledo; the Félix Capriles, in Cochabamba; the Zabeel Stadium, in Dubai; Riazor, in La Coruña; Karaiskakis, in Athens; the Benito Villamarín, in Seville, or the Rosaleda in Malaga. Training sessions in which our voices resounded joyfully in the sounding board that were the empty stadiums, knowing that on Sunday, with the pitch full, they would be hopelessly diluted among the chants and the noise of the fans.

When I looked up, in those days, I felt the privilege of seeing the before, the calm, the silence, with the little bug that tomorrow I would be down there, again, surrounded by thousands of people, feeling the storm, the noise, the adrenaline of the battle; I fantasised about scoring goals in the goals where I could not score as a player and which, now, allowed me to feel like a footballer for a few moments, before the real protagonists took the controls of the game.

In a similar way, although I think it requires even less explanation, you can get an idea of what it felt like when, in stadiums like the Bernabéu, the Camp Nou, the Calderón, or San Mamés, to give just a few examples, after coming out to warm up, with more than three quarters of the seats empty, we went into the changing rooms to come back out minutes before the start of the game. I don't need to tell you how it made my skin crawl when I came out and saw, from the bench, a packed stadium...

Now there are still no people at the pre-match training session. But it's no longer funny, because tomorrow there won't be anyone there either. No one to pressure us; no one to encourage us; no one to make demands of us; no one to provoke us. No one. Absolutely no one. The fun of stepping onto the pitch of an empty stadium and leaving a few hours later with a full house has gone (and the fun of being welcomed at airports and train stations, and the fun of being seen off at hotels, and the fun of being escorted to stadiums, and the fun of being applauded at the end of matches, whatever the result...); and with it, a large part of the fun of this game. And I thought that it was the game itself that was the fun...

In professional football, in the spectacle we see on television, in international matches, the fun is not only in the game. It's not debatable that football belongs to the footballers; and even less so, because that's how I feel, that what I like most is to play. I don't know about you. I don't get involved. Play with or without fans. But that without fans, football is no fun, is even less debatable. It's not even about show business, about maintaining an economic engine that allows us to enjoy more and more player performance, better competitions, more exciting followings in the broadcasts, so that the business can continue. No. I am talking about feelings.

Football belongs to the players, but competing is meaningless without the fans. I guess all of us who work for the professional football players have felt this throughout this already pandemic year. I don't think it's just me. Like those things we get used to and stop giving importance to, until we lack it, football without fans brings us face to face with the really important things in our business. Football without fans is sad. Football without fans is not funny. I hope that, when all this happens, those of us at the bottom will value those at the top more, from a different perspective, knowing that they are the ones who give meaning to what we do; And that those at the top help us to make them enjoy it, some, and put pressure on us, others, but from a healthy rivalry, respect for those who risk their physical health because they enjoy it, and chants of encouragement for their team, if you want deafening, if you want frightening, that make us shit our trousers in fear when we visit each stadium, but with the wonderful virtue of making the rival cringe without using a single insult. Let's see who will take up the challenge.

Since we have to live through this shit, let it do us all some good.

Have a happy week.

Lots of Life. Lots of Love. Lots of Football

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